Riviera Nayarit, la Costa Emergente de México

Es el nuevo destino de moda en México y algunas de sus playas –como la exclusiva Punta Mita– se han convertido en refugio de famosos como Charlie Sheen o Lady Gaga, que acaban de pasar sus vacaciones aquí. Sin embargo, no todo se trata de lujos o farándula: ubicada al norte de Puerto Vallarta, la emergente Riviera Nayarit aún esconde varios secretos por descubrir.

Texto y fotos:
Sebastián Montalva Wainer

Four Seasons Resort Punta Mita's focal point is Nuna, a free-form infinity-edge pool that features striking views of the Pacific Ocean and Riviera Nayarit.

Uno. Punta Mita

Refugio de estrellas 

El 20 de agosto pasado las redes sociales de la farándula hollywoodense se alborotaron. Charlie Sheen, el polémico actor de la serie Two and a Half Men, y reciente ganador de un récord Guiness por alcanzar un millón de seguidores en Twitter más rápido que ninguna otra persona en el mundo, estaba escribiendo sin parar desde su teléfono inteligente. “Fin de semana romántico en México… ¡celebrando el cumpleaños de Brooke…! ¿Pueden imaginar dónde estamos?”, decía y, al día siguiente, continuaba: “El océano es tibio… la piscina es una locura… ¡¡como un foso alrededor de nuestra villa…!! ¡Adoro este lugar…!”.

La prensa rosa no tardó mucho en averiguar su paradero. El día anterior, Sheen había sido visto en el aeropuerto de Puerto Vallarta junto con su ex mujer y madre de sus dos hijos, Brooke Mueller, con quien había aterrizado en su jet privado para pasar unos días de vacaciones románticas en la exclusiva playa de Punta Mita, al norte de esta ciudad, específicamente en la suite presidencial del hotel Four Seasons, de 15 mil dólares la noche.

La visita de celebridades como Charlie Sheen ya no es novedad en esta exclusiva península de la Riviera Nayarit, como se le llama a la emergente costa de este estado ubicado justo al norte de Puerto Vallarta. De acceso privado, con casas que cuestan hasta 7,7 millones de dólares, dos campos de golf y 15 kilómetros de playas de arena café, en Punta Mita veranean estrellas como Lady Gaga (unos días antes que Sheen, estuvo tomando clases de surf en playa La Lancha y quedándose en Los Ranchos, uno de los tantos condominios privados del lugar), actrices como Courteney Cox, la de la serie Friends, o Kate Hudson, la de Casi famosos, quienes también se quedaron en el Four Seasons, y otros ilustres como el actor Mario López, el futbolista Thierry Henry o las faranduleras hermanas Kardashian, entre otros.Tampoco es novedad, al menos para los vecinos originales de este lugar, decir que las cosas aquí ya cambiaron para siempre.

Hasta 1999, Punta Mita era sólo un lejano pueblo de pescadores con un puñado de chozas de madera y techo de paja, donde la vida giraba en torno a la cantidad de huachinangos y dorados que se pudieran sacar durante la pesca.

–En esa época los pescados salían del mar a la charola –dice Andrés Pelayo, mientras recorremos el pulcro y reluciente campo de golf que el famoso Jack Nicklaus diseñó donde antes sólo había impenetrables cerros de arbustos.

Andrés es un puntademitano más que terminó trabajando para los grandes inversionistas que hace años pusieron sus ojos  aquí y que, luego, ofrecieron reubicar a sus habitantes en un nuevo pueblo aledaño –llamado El Anclote, con barrios como Emiliano Zapata o Corral del Risco–, ofreciéndoles casas de mejor calidad y opciones de trabajo a cambio de que se largaran.

La idea, claro, era asegurarles privacidad a los futuros visitantes –y futuros propietarios– de estas playas que, con los años, terminarían por convertir a este lugar en uno de los destinos más exclusivos de México, donde sólo se puede entrar como huésped de hotel. O dueño de casa.

Hoy, los pescados de Punta Mita ya no saltan del mar directo a la charola. Primero pasan por la cocina de lujosos hoteles (aunque algunos tienen programas de actividades con los pescadores para que ellos los traigan directamente a las playas privadas y así los turistas le pidan a un chef que se los prepare sobre la arena misma) o llegan al plato en llamativas presentaciones, sin que a nadie en realidad le importe demasiado de dónde vienen ni cómo se hacía antes.

Quien viene hasta acá, claramente, anda preocupado de otras cosas. Lady Gaga, por ejemplo, quería surfear las primeras olas de su vida y olvidarse un rato de sus estrafalarios disfraces para ponerse un sobrio bikini negro y broncearse  tranquilamente bajo el sol. Charlie Sheen intentaba recomponer su –literalmente– golpeado matrimonio en una lujosa suite a dos pasos del mar mientras, de paso, se lo contaba a medio mundo por Twitter. Y todo en un lugar que es, sin duda, un mundo aparte.

En Sayulita todo es muy hippie y surfista. La playa se hizo famosa a fines de los años sesenta.

Dos. Sayulita

El reino de los hippies

Hace tres años nadie sabía qué era Riviera Nayarit. Es más: ni siquiera se llamaba así. Hasta que a la oficina de turismo local se le ocurrió ponerle un nombre más marketero, éstas sólo eran las playas ubicadas al norte del conocido Puerto Vallarta, en el estado vecino de Nayarit. De hecho, los puntos de mayor desarrollo de Nayarit son un sitio llamado –vaya originalidad– Nuevo Vallarta, donde se alinean varios megahoteles frente al mar sin demasiada identidad, y una bella  marina, dicen que la más grande México, llamada La Cruz de Huanacaxtle.

Sin embargo, hay una playa que ya figuraba hace tiempo en los mapas. En rigor, desde fines de los sesenta, cuando un grupo de surfistas hippies gringos encontró aquí su propio paraíso en la Tierra y se quedaron a vivir para siempre. Ese lugar se llama Sayulita. Sayulita no es precisamente una playa de postal. Aunque está flanqueada por palmeras, sus arenas son de color café, granuladas –así es en general la costa de Nayarit–, tiene olas que pueden alcanzar cuatro metros en temporada (de noviembre a mayo) y un río que desemboca justo aquí, y que en época de lluvias trae todo el barro desde la sierra, enturbiando sus aguas. Pero lo que le falta en belleza –que es poco, en realidad–, le sobra en onda. Todo aquí es muy surfer y hippie, un sitio que mezcla pequeños bares en la playa con tiendas de diseño y pequeñas boutiques en el centro donde los precios pueden ser realmente elevados.

Por decirlo de algún modo, el look oficial de Sayulita incluye los bermudas Quicksilver, el torso desnudo y flacuchento, la barba descuidada, el pelo ensortijado y rubio quemado de tanto sol y, ciertamente, las tablas de surf.

En el pueblo –colorido, desordenado, ruidoso– pululan gringos/as, canadienses, franceses/as y mexicanos/as que o están tomando clases de surf o están bebiendo Coronas, Dos Equis o Pacíficos en la playa, o están bronceándose bajo el sol mientras los vendedores ambulantes también pululan con collares de conchitas o sospechosas joyas de plata que ofrecen casi siempre en inglés.

Sayulita, en ese sentido, no es un mundo aparte como Punta Mita. Aquí caben y entran todos, siempre y cuando estén dispuestos a practicar la principal actividad de este lugar –más allá del surf– que es: hacer nada y sentarse a mirar cómo pasa el tiempo (y, de vez en cuando, darse un chapuzón en el mar para aliviar el infernal calor de Nayarit, que fácilmente supera los 30 grados, con muchísima humedad).

Por estos días, en todo caso, la tendencia en Sayulita es el yoga. En las afueras del pueblo –donde hoy se construye un exclusivo condominio de casas privadas– un par de hoteles-refugio se ha convertido en uno de los mayores símbolos del lugar. Uno de ellos es el Haramara Retreat, un escondido conjunto de bungalows construidos sobre una loma, en medio de la selva, abiertos, sin luz eléctrica, sin ventilador ni aire acondicionado, donde gente de distintas partes del mundo, vestida con túnicas blancas y sandalias, llega a meditar y purificarse y a convivir en paz con las diversas especies de bichos que abundan por aquí: cangrejos, lagartijas, mapaches, murciélagos. Nadie se queja, por cierto. Al contrario: todos andan relajados, porque es justamente lo que buscan en este lugar. Un sitio que es “muy Sayulita”, como suelen decir por aquí.

Tres. San Pancho

México genuino

Riviera Nayarit, México

Aunque la crisis económica que afecta a Estados Unidos ha golpeado fuerte a México, sobre todo en términos turísticos, es evidente que la fisonomía de Riviera Nayarit cambiará en los próximos años, para bien o para mal. Hacia el norte existen proyectos, aunque medio parados, como Litibú –que impulsa Fonatur, el mismo organismo estatal responsable de otros “desarrollos” como Ixtapa o Huatulco– y, a unos pocos kilómetros de Sayulita, playas aún desconocidas como

San Pancho o Lo de Marcos, que seguramente crecerán a futuro, sobre todo cuando se termine de construir una carretera de cuatro pistas que vendrá desde Nuevo Vallarta para reemplazar a los poco señalizados caminos de una pista que hoy unen a todas estas playas.

Por ahora, sin embargo, se trata de dos sitios que ofrecen uno de los rasgos más notables de esta parte de la costa mexicana: la mezcla. Claro. Por un lado están los clásicos megahoteles de Nuevo Vallarta, luego las exclusivas villas de Punta Mita, más allá la onda hippie-chic de Sayulita y, por último, playas típicamente mexicanas como San Pancho o Lo de Marcos.

San Pancho es un silencioso pueblo con calles empedradas y casas de colores, que antiguamente vivía de la extracción de aceite de coco, y que ahora, cada vez más, está viendo cómo llegan turistas –sobre todo canadienses– a pasar largas  temporadas frente a su extensa playa de arenas cafés, también con buenas olas para el surf.

En San Pancho no hay mucho que hacer salvo pasear un poco por su arbolada plaza, comer algo en el bistró orgánico del pequeño y mejor hotel del pueblo, Cielo Rojo (www.hotelcielorojo.com); comprar alguna artesanía huichol –los indígenas de Nayarit, que elaboran unos preciosas figuras de animales decoradas con mostacillas de colores, llamadas chaquiras– y, claro, pasar la tarde completa en la playa, bebiendo cerveza con los pies en la arena, bajo la sombra de una palapa. ¿Habría que querer algo más?

El Mercurio-October 2011

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